28/04/2020

Caballos de la voluntad, 0, COVID-19, 1

Acción y voluntad

Los sueños, en general, son como jirones de nubes que se desvanecen cuando despertamos y volvemos a las rutinas diarias….

Los sueños, en general, son como jirones de nubes que se desvanecen cuando despertamos y volvemos a las rutinas diarias. Pero algunos se quedan para siempre, como si en el fondo supiéramos que los mensajes que esos sueños nos mandan son de capital importancia para nosotros; una visión de lo que de verdad importa.

Hace bastantes años, yo tuve uno de esos sueños que estos días he recordado mucho. Por no hacerlo demasiado extenso, diré que estaba andando un largo camino por una acera concurrida de Madrid, acompañada por un hermoso caballo blanco. El animal era increíblemente bello, pero muy inquieto. Yo lo tenía sujeto por una cuerda muy larga y elástica, para que pudiera trotar. Pero él pretendía constantemente salir disparado, esquivando gente entre la multitud.

Este confinamiento pone a prueba cada día nuestra capacidad para retener a nuestros preciosos Pura Sangre y acompasarlos a un ritmo muy diferente; mucho más lento que nuestras posibilidades, voluntades, racionalismos y deseos.

Cuando se es joven y se está sacando adelante una vida a fuerza de voluntad, acción y entendimiento, nada de esta retención tiene mucho sentido, ni para una misma, ni para lo que le rodea. Nos convertimos en guerreros y guerreras racionales, armados con nuestras espadas de planes, facilidad de palabra, actuación rápida y eficacia. El objetivo es sobrevivir y prosperar en un entorno, a veces hostil, y siempre exigente.

Pero a medida que se va madurando, la vida va pidiendo que la voluntad y la acción se vayan retirando, en favor de un planteamiento mucho más introspectivo y reflexivo. Es un difícil pero gran aprendizaje refrenar el caballo de la acción y de la voluntad, que a menudo se cree todopoderoso. Y es un ejercicio de aceptación, tempo y paciencia.

El confinamiento producido por el COVID-19 nos obliga todos los días a repasar esta lección; y todos los días, me parece a mí, la asignatura nos queda un poco para septiembre.

Me pregunto si una de las razones por las que haya tanto insomnio desatado, por ejemplo, no será que esos caballos, entrenados para carreras en hipódromos, golpean contra la puerta de la cuadra una y otra vez, intentando inútilmente echarla abajo y salir disparados. El ruido de los cascos resuena en nuestras cabezas en forma de planes, decisiones para tomar, acciones para emprender, errores que reparar, o problemas para resolver… Que quedan en muy poco tras una noche de insomnio y una jornada más de encierro.

En nuestras conversaciones durante el confinamiento, nos repetimos los unos a los otros “que no pase esto sin haber aprendido nada…”.

Retener los caballos de la acción y la voluntad quizás sea la lección más difícil e importante para muchos de nosotros. Puede que no haya suficiente tiempo para asimilarla del todo en este confinamiento; pero al menos podemos intentar darle un repaso fuerte y, así, aliviar un poco nuestro sufrimiento obsesivo.

Todas las actividades dirigidas a fomentar la reflexión y la calma pueden ayudarnos en este ejercicio: expresión creativa, expresión física, música, meditación, contemplación del arte, juegos, etc.…. Pero más allá del tipo de actividad, la cosa tiene que ver, sobre todo, con su objetivo y dónde nos coloca anímicamente. La perfección, la superación y el logro son parte de nuestros caballos racionales; así que, si los alimentamos durante nuestras actividades de confinamiento, de poco nos van a servir para hacer este cambio de actitud.

Los caballos Pura Sangre son muy bonitos, pero los koalas, también.

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27/04/2020

Los demonios odian los lápices de colores

Demonios y arte

La creación artística siempre ha tenido espacio para reflejar lo demoníaco. Desde Baal, hasta los diablos del infierno católico, pasando…

La creación artística siempre ha tenido espacio para reflejar lo demoníaco. Desde Baal, hasta los diablos del infierno católico, pasando por los monstruos devora-hombres, o el Frankenstein de Mary Shelley, o los vampiros o, actualmente, los zombis. Todos ellos y muchos otros más, en diferentes facetas, representan los demonios internos de los individuos, de toda una cultura, y de la Humanidad en su conjunto.

Porque, como Shakespeare dijo en La tempestad, “El infierno está vacío, y todos los demonios están aquí”.  Están en la Tierra, y, más concretamente, dentro de nosotros.

Así, la representación artística tiene la cualidad de hacer lo interno, externo. A través de estas representaciones, nuestras peores pesadillas de cada día se ven reflejadas en seres terroríficos y, por tanto, sacadas de nuestro interior para que veamos bien su forma. Cada época tiene sus propios monstruos, y también cada cultura. Y estos seres terroríficos nos muestran gráficamente esos demonios que nos ha tocado vivir.

Es tan potente este proceso que, en el propio momento de experimentar la presencia de esos seres: al leer, al contemplar un cuadro, al ver una película o una serie, sentimos miedo. Los niños temen a estos monstruos y creen que existen en la realidad externa. Nosotros, los adultos, somos conscientes de que los monstruos no existen… Y sin embargo también sentimos temor. Quizás porque, en el fondo de nuestra psique, estas recreaciones conectan con nuestros propios demonios; los verdaderos. Los demonios externos son metáforas de nuestros temores; de nuestra percepción de vulnerabilidad como seres humanos; de nuestras propias acusaciones, juicios y obsesiones.

Lo curioso, además, es que nuestros demonios internos llevan tanto tiempo en nuestro interior, que creemos que somos nosotros mismos los que nos hablamos a través de esas voces, esas imágenes, esas sensaciones.

Estos seres, sin embargo, son elementos psíquicos con una gran independencia y con vida propia. Tienen sus ideas y opiniones, muy diferentes a las que tiene nuestro yo consciente. Pero estos elementos gritan más fuerte y acaparan nuestra atención. Se han ido formando a lo largo de nuestra vida, como conglomerados de experiencias, conflictos y reflejos de la época en la que vivimos.

Cuando necesitamos exorcizar estos demonios, la propia expresión creativa es esencial. A través de ella, los sacamos fuera de nosotros, les damos forma, nos permitimos ver cómo son realmente, qué dicen, qué nos hacen sentir, y cuánto nos boicotean. No hace falta ser un artista para poder identificar y señalar a nuestros demonios. Esto no va de perfeccionismo artístico sino de expresión y de sacar fuera lo que está dentro.

Y a medida que lo vamos sacando gracias a nuestros lápices de colores, nuestra escritura, nuestra masilla de moldear, nuestros cantos, o nuestros bailes, los demonios van perdiendo la fuerza de lo oculto, de lo que se cuela a través de las tareas de nuestro día a día. Si somos capaces de captarlos y quitarles su camuflaje, comenzamos a tener claro quién es nuestro enemigo, y qué trucos usa para embaucarnos. Y los demonios van haciéndose más y más pequeños. Realmente odian los lápices de colores.

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19/04/2020

La vida en el ojo del huracán

Ojo del huracán

En «La tormenta perfecta», esa gran película del 2000, se narran varias historias de heroísmo real ante un cataclismo imprevisible,…

En «La tormenta perfecta», esa gran película del 2000, se narran varias historias de heroísmo real ante un cataclismo imprevisible, una tormenta perfecta. Entre estas historias, destaca la de unos pobres marineros que, espoleados por la escasez de pesca, se ven forzados a meterse en la tormenta para intentar llevar a su puerto una gran captura.

Un momento fundamental de la película es cuando, tras haber atravesado parte de la tormenta, se encuentran por unos breves instantes en un lugar relativamente calmo del mar. Creen que ya han pasado lo peor; hasta que se dan cuenta de que están justamente en el ojo del huracán. En ese tipo de lugares, por un efecto meteorológico, reina la aparente calma. Saben entonces que lo peor está por venir, y que esa calma chicha, con algún rayo de sol incluido, es un efecto momentáneo que dará lugar de manera inminente a la peor parte del viaje.

Esta sensación de Día de la marmota en la que nos ha sumido el COVID-19 tiene ciertos parecidos a esa calma chicha que experimentan los marineros del barco Andrea Gail. Muchas de las personas con las que hablo diariamente, y también yo misma, tenemos esa sensación de que estamos en el centro de una gigantesca tormenta de la que no sabemos bien, ni su duración, ni su alcance.

Aquellos que no luchamos directamente en el frente sanitario contra el virus, o aquellos a los que, al menos aún, no nos ha alcanzado el desastre económico, vivimos una quietud aparente y surrealista, situada en ese centro de la tormenta, no fuera de ella.

Aquí, en el ojo de la tormenta, llueve, pero también hay días con sol, y nuestros Andrea Gails navegan en círculos, esperando que, cuando volvamos a atravesar las olas que nos acechan, éstas sean compasivas con nosotros.

Pero quizás habrá un momento en el que debamos plantearnos no depender sólo de la suerte o de la piedad de lo venidero, sino fortalecernos en aquello que nos ayude a atravesar esta tormenta perfecta. Como los marineros de la película, creo que tendremos que renunciar definitivamente a llevar nuestra pesca. Aceptar que debemos perder el peso necesario para poder tener fuerzas para atravesar lo que se avecina. Deberemos, tarde o temprano, y mejor temprano que tarde, soltar el peso que retiene nuestra energía creativa para atravesar la inmensa ola que se avecina.

Cada uno tendrá que hacer su propio inventario de lastres, y decidir cuáles acepta abandonar, en favor de la lucha por una nueva oportunidad de vida. Estas cargas pueden ser de índole diferente: antiguas maneras de trabajar; formas de mantener relaciones de pareja, o de familia, o de amistades que pesan lo indecible; formas de utilizar nuestro tiempo que saturan y nos conducen al vacío y, por supuesto, adicciones compensatorias que nos colocan en una situación de riesgo de salud que facilita el hundimiento.

Nuestros barcos deben soltar peso; pero también reforzar sus motores. El trabajo personal de introspección y autoconocimiento realizado durante años está dando ahora sus frutos en muchas personas. Este trabajo nos ayuda a enfrentar la Gran Ola con esperanza; con miedo, pero con aceptación, esperanza y confianza en nuestras fuerzas. Es una sujeción interna que nos permite mirar a la Gran Ola de frente. Tenemos un mástil interno que, al igual que sujetó a Ulises en su lucha contra el canto de las sirenas, puede ayudarnos a nosotros a mantener nuestro eje frente a las sacudidas venideras.

Éste es el momento de darle una oportunidad a la fuerza de nuestro interior para ayudarnos a llegar a nuestra Ítaca. Cambiados, cansados, pero vivos y más sabios.

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19/04/2020

Juicio, control y culpa en tiempos del Coronavirus

Juicio, control y culpa en tiempos del Coronavirus

Por un lado, los que salimos. Evitamos cruzar nuestra mirada con la del que pasa enfrente. Intentamos evadir la posibilidad…

Por un lado, los que salimos. Evitamos cruzar nuestra mirada con la del que pasa enfrente. Intentamos evadir la posibilidad del más mínimo reproche. La culpabilidad, esa vieja amiga, asoma y campa por sus respetos en estas vacías calles madrileñas. Calles contagiadas, yermas de ruidos, risas, discusiones y conversaciones telefónicas. Desearíamos salir encapuchados, como los adolescentes, para no mirar ni ser vistos. Una burbuja humana que se cruza con otras burbujas humanas. ¿Metro y medio de separación? ¿Salida justificada? ¿Guantes? ¿Mascarilla? Como un pasar revista al que no queremos someternos.

Por otro, los que observamos. Desde nuestro balcón, desde Facebook, desde la televisión. El tiempo se ha detenido; nuestros quehaceres están hibernando, y nosotros nos hemos hecho adictos a la vigilancia. La Vieja del Visillo ha invadido toda España; la España rural y la España urbana. Y escrutamos el estricto cumplimiento de la Normativa. Observamos con el gatillo de la acusación flojo. Señalamos con el dedo, con el pensamiento, o con la queja pública. Todo por librarnos de esta insoportable sensación de descontrol que la pandemia nos ha contagiado a todos.

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