19/04/2020

La vida en el ojo del huracán

Ojo del huracán

En «La tormenta perfecta», esa gran película del 2000, se narran varias historias de heroísmo real ante un cataclismo imprevisible,…

En «La tormenta perfecta», esa gran película del 2000, se narran varias historias de heroísmo real ante un cataclismo imprevisible, una tormenta perfecta. Entre estas historias, destaca la de unos pobres marineros que, espoleados por la escasez de pesca, se ven forzados a meterse en la tormenta para intentar llevar a su puerto una gran captura.

Un momento fundamental de la película es cuando, tras haber atravesado parte de la tormenta, se encuentran por unos breves instantes en un lugar relativamente calmo del mar. Creen que ya han pasado lo peor; hasta que se dan cuenta de que están justamente en el ojo del huracán. En ese tipo de lugares, por un efecto meteorológico, reina la aparente calma. Saben entonces que lo peor está por venir, y que esa calma chicha, con algún rayo de sol incluido, es un efecto momentáneo que dará lugar de manera inminente a la peor parte del viaje.

Esta sensación de Día de la marmota en la que nos ha sumido el COVID-19 tiene ciertos parecidos a esa calma chicha que experimentan los marineros del barco Andrea Gail. Muchas de las personas con las que hablo diariamente, y también yo misma, tenemos esa sensación de que estamos en el centro de una gigantesca tormenta de la que no sabemos bien, ni su duración, ni su alcance.

Aquellos que no luchamos directamente en el frente sanitario contra el virus, o aquellos a los que, al menos aún, no nos ha alcanzado el desastre económico, vivimos una quietud aparente y surrealista, situada en ese centro de la tormenta, no fuera de ella.

Aquí, en el ojo de la tormenta, llueve, pero también hay días con sol, y nuestros Andrea Gails navegan en círculos, esperando que, cuando volvamos a atravesar las olas que nos acechan, éstas sean compasivas con nosotros.

Pero quizás habrá un momento en el que debamos plantearnos no depender sólo de la suerte o de la piedad de lo venidero, sino fortalecernos en aquello que nos ayude a atravesar esta tormenta perfecta. Como los marineros de la película, creo que tendremos que renunciar definitivamente a llevar nuestra pesca. Aceptar que debemos perder el peso necesario para poder tener fuerzas para atravesar lo que se avecina. Deberemos, tarde o temprano, y mejor temprano que tarde, soltar el peso que retiene nuestra energía creativa para atravesar la inmensa ola que se avecina.

Cada uno tendrá que hacer su propio inventario de lastres, y decidir cuáles acepta abandonar, en favor de la lucha por una nueva oportunidad de vida. Estas cargas pueden ser de índole diferente: antiguas maneras de trabajar; formas de mantener relaciones de pareja, o de familia, o de amistades que pesan lo indecible; formas de utilizar nuestro tiempo que saturan y nos conducen al vacío y, por supuesto, adicciones compensatorias que nos colocan en una situación de riesgo de salud que facilita el hundimiento.

Nuestros barcos deben soltar peso; pero también reforzar sus motores. El trabajo personal de introspección y autoconocimiento realizado durante años está dando ahora sus frutos en muchas personas. Este trabajo nos ayuda a enfrentar la Gran Ola con esperanza; con miedo, pero con aceptación, esperanza y confianza en nuestras fuerzas. Es una sujeción interna que nos permite mirar a la Gran Ola de frente. Tenemos un mástil interno que, al igual que sujetó a Ulises en su lucha contra el canto de las sirenas, puede ayudarnos a nosotros a mantener nuestro eje frente a las sacudidas venideras.

Éste es el momento de darle una oportunidad a la fuerza de nuestro interior para ayudarnos a llegar a nuestra Ítaca. Cambiados, cansados, pero vivos y más sabios.

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19/04/2020

Mi hogar, mi cocoon en tiempos del Coronavirus

Mi hogar, mi cocoon en tiempos del Coronavirus

El tema de nuestra casa como expresión de nosotros mismos y de nuestra psique siempre es un clásico en la…

El tema de nuestra casa como expresión de nosotros mismos y de nuestra psique siempre es un clásico en la interpretación de sueños y en el análisis psicológico. Pero ahora, debido a nuestro confinamiento, se convierte en un tema central en comentarios, preocupaciones e imágenes.

Hay una enorme diversidad de experiencias; unas muy buenas y otras muy malas. Y la mayoría, regulares, dependiendo de la semana. Porque cada semana el panorama familiar hogar-céntrico cambia, sobre todo, debido a la saturación. Lo que la semana pasada era original, divertido, sorprendente, se convierte en cansino en la siguiente. Las modas externas e internas al hogar pasan a convertirse a una velocidad supersónica en insoportables aburrimientos… El Resistiré, por ejemplo. Ya parece haber saturado con su tonadilla nuestra mente, que la repite dentro de la cabeza una y otra vez, hasta llegar a resultar insufrible. ¿Cómo te la quitas de la cabeza, por dios?

Pero también a veces pasa al revés: la semana falta de alicientes se transforma en una sorpresa positiva si encuentro una manera diferente de lidiar con el aburrimiento, o los niños.

Por centrarnos hoy en algunas maneras concretas de permanecer en esta vasta diversidad, podemos hablar de las personas que están experimentando el Efecto Cocoon del confinamiento.

Para algunos, esta pandemia ha convertido su casa en un paraíso mucho tiempo anhelado. Lo describen en sus comentarios como el refugio donde pueden olvidarse del tiempo y del mundo. El lugar donde se les permite recrearse en aquellos aspectos que más echan de menos en la bulliciosa vida cotidiana pre/COVID19.

Así les pasa a algunas madres y a algunos padres que habían tenido que dejar en la guardería a sus bebés para ir a trabajar, y que ahora experimentan una conexión, como familia en el nido, que no podrían tener si esta pandemia no hubiera aparecido en sus vidas. Irónicamente, algo tan terrible como esta pandemia ha permitido para algunos una deseada y sorprendente conciliación.

Para otros, los muy introvertidos en este país de los muy extravertidos, es una oportunidad para aislarse del bullicio social sin presiones, culpabilidad ni reproches; y sumergirse en un mundo lleno de libros, películas, arte, música, series o juegos.

Una mención especial puede hacerse a aquellos nuevos creadores, porque nos recuerda lo sorprendente y maravilloso de la capacidad humana. Personas cuya creatividad, abrumada y aprisionada por la racionalidad del mundo “normal”, sale ahora en ese rincón de su casa como si no tuviera límites; un desbordante y alegre torrente en el deshielo primaveral.

¿Qué pasará con el cocoon a lo largo de las cansinas semanas del confinamiento? ¿Y qué será de él cuando nos permitan salir? ¿Se podrá mantener ese espíritu?

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19/04/2020

Juicio, control y culpa en tiempos del Coronavirus

Juicio, control y culpa en tiempos del Coronavirus

Por un lado, los que salimos. Evitamos cruzar nuestra mirada con la del que pasa enfrente. Intentamos evadir la posibilidad…

Por un lado, los que salimos. Evitamos cruzar nuestra mirada con la del que pasa enfrente. Intentamos evadir la posibilidad del más mínimo reproche. La culpabilidad, esa vieja amiga, asoma y campa por sus respetos en estas vacías calles madrileñas. Calles contagiadas, yermas de ruidos, risas, discusiones y conversaciones telefónicas. Desearíamos salir encapuchados, como los adolescentes, para no mirar ni ser vistos. Una burbuja humana que se cruza con otras burbujas humanas. ¿Metro y medio de separación? ¿Salida justificada? ¿Guantes? ¿Mascarilla? Como un pasar revista al que no queremos someternos.

Por otro, los que observamos. Desde nuestro balcón, desde Facebook, desde la televisión. El tiempo se ha detenido; nuestros quehaceres están hibernando, y nosotros nos hemos hecho adictos a la vigilancia. La Vieja del Visillo ha invadido toda España; la España rural y la España urbana. Y escrutamos el estricto cumplimiento de la Normativa. Observamos con el gatillo de la acusación flojo. Señalamos con el dedo, con el pensamiento, o con la queja pública. Todo por librarnos de esta insoportable sensación de descontrol que la pandemia nos ha contagiado a todos.

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25/03/2020

Nuestros niños fantasmas

El cine y las series, al igual que antes los cuentos de hadas y las mitologías, nos narran historias que…

El cine y las series, al igual que antes los cuentos de hadas y las mitologías, nos narran historias que nos permiten comprender intuitivamente procesos psicológicos y realidades vitales muy complejas.

Las películas de terror, por ejemplo, sacan a la luz en metáforas nuestros mayores miedos psíquicos, y me gustaría ofrecer en este texto un ejemplo: Los niños fantasmas.

En estas historias, a menudo un adulto se traslada a vivir a una casa grande, bella y antigua. Ese adulto suele ser, por ejemplo, una escritora, o alguien que pasa mucho tiempo solo. Y un día comienza a oír ruidos en la buhardilla, un lugar lleno de viejos objetos olvidados. Al principio no le presta mucha atención, y cree que son animales o cualquier cosa similar. Pero los ruidos van adquiriendo fuerza hasta que, un poco asustada, la mujer se ve obligada a subir para comprobar lo que pasa. Y allí encuentra a una niña llorando o enfadada. Creyendo que es real, se queda desconcertada y empieza a hablar con ella. Hasta que se da cuenta de que es un fantasma y sale despavorida.

Pero su voluntad de entender lo que ha ocurrido le lleva al periódico del pueblo y, revisando viejas noticias, da con aquélla en la que se narra el sangriento destino de la pobre niña. A partir de aquí, la narración desarrolla el contacto con esa niña y los intentos piadosos de la mujer por hacerle entender que ése ya no es su tiempo, que está muerta y que necesita irse a un lugar espiritual donde descansar al fin.

A menudo nuestros sufrimientos infantiles o adolescentes se quedan en nuestro interior más profundo, el desván de nuestra bella, antigua y enorme casa. Estas heridas se mantienen presentes, tristes y llenas de ira; y salen e interrumpen nuestra vida de adultos para protestar por su amargo destino. También ellas son fantasmas del pasado que no saben que ya están muertas y deben dejar paso a la vida adulta. Nos sorprendemos poseídos por esos niños, y nos desconcierta nuestro comportamiento, pensando que realmente somos nosotros, cuando es nuestro niño fantasma que irrumpe. El proceso psicológico muchas veces tiene que ayudar al adulto a encarar a ese niño y, con piedad, firmeza y aceptación, hacerle saber que su tiempo ya no es éste, que debe descansar en paz, y dejar paso libre al presente.

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